Legeso

Cuaderno de taller · Cestería en mimbre

El taller de cestería en mimbre: del vareto cortado a la cesta acabada

Legeso reúne notas de trabajo sobre una artesanía que se aprende con las manos: cómo se corta y se clasifica la vareta, cómo se ablanda antes de trabajarla, cómo se arma un fondo que no se abarquilla y cómo se cierra un borde que aguanta el uso diario.

Manos tejiendo una cesta de mimbre sobre el banco de trabajo
Tejido a mano de una cesta de mimbre. Imagen de archivo con carácter ilustrativo.

Contenidos

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Corte y clasificación del vareto

La cesta empieza mucho antes del primer tejido, en el momento en que se decide qué vareta se corta y cuál se deja en la mata. El mimbre se recolecta con la planta en reposo, cuando ha perdido la hoja y la savia ha bajado: entre el final del otoño y el arranque de la primavera, según el clima de cada comarca. Una vareta cortada en plena vegetación conserva demasiada agua, se arruga al secarse y pierde el brillo que después dará carácter a la pieza.

El corte se hace bajo, casi a ras de la cepa, con un gesto limpio y ligeramente inclinado para que el agua no se quede en el tocón. De ese corte anual depende que la mimbrera vuelva a brotar recta el año siguiente; si se deja muñón, la mata se ramifica y la vareta sale llena de nudos y desvíos, inservible para un tejido regular.

Qué se mira al clasificar

Una vez cortado, el haz no vale como está: hay que separarlo. La clasificación se hace por longitud, apoyando los varetos de pie sobre una superficie dura y agrupándolos por tramos; después se afina por grosor y por rectitud. La regla práctica es sencilla: el material fino y flexible se guarda para el tejido, el grueso y recto para montantes y fondos, y el más corto y torcido se aparta para pruebas o se descarta.

  • Vareta recta, sin curvaturas dobles ni cambios bruscos de dirección.
  • Conicidad progresiva: la punta debe afinar poco a poco, no de golpe.
  • Pocos nudos y entrenudos largos, sobre todo en el material de tejido.
  • Corteza íntegra, sin manchas oscuras ni zonas hundidas.
  • Ausencia de galerías de insecto y de roeduras en la base.
  • Longitudes agrupadas en tramos manejables, no mezcladas en el mismo haz.
  • Grosores homogéneos dentro de cada atado.
  • Material de montante separado desde el primer día del de tejido.
  • Puntas sanas: si están secas o quebradizas, se recortan.
  • Haces atados sin apretar en exceso, para que el aire circule.

02

Remojo y puesta a punto del material

El mimbre seco no se teje: se rompe. Antes de trabajarlo hay que devolverle una parte del agua que perdió al secarse, y hacerlo de forma que la fibra recupere elasticidad sin llegar a reblandecerse. El remojo es, en la práctica, la operación que más condiciona el resultado final, y también la que más paciencia exige, porque no admite atajos.

La vareta se sumerge por completo en agua fría, en una pila, una bañera o un canal, con algún peso encima para que no flote. El tiempo depende del grosor y de si el mimbre está pelado o conserva la corteza: el material fino y blanco necesita horas, el grueso y en verde puede pedir varios días. El agua templada acelera el proceso, pero también favorece la fermentación y el olor, así que conviene reservarla para urgencias y no como método habitual.

El oreo posterior

Sacar el mimbre del agua y tejer de inmediato es un error frecuente. Después del remojo, el material se escurre y se envuelve en una tela o una manta húmeda durante unas horas, a veces toda una noche. En ese reposo la humedad se reparte de forma uniforme desde la corteza hacia el interior y la vareta pasa de estar mojada por fuera a estar flexible por dentro. Ese es el punto en que se dobla sin astillarse y en que un pliegue cerrado no produce esa fibra levantada que después no hay manera de disimular.

Se reconoce el punto correcto con una prueba rápida: se toma una vareta media y se dobla en ángulo cerrado alrededor del dedo. Si cruje o se abre, falta remojo o falta oreo; si se dobla y mantiene la forma sin marca blanca, el material está listo. Lo que no se vaya a usar en la jornada vuelve al envoltorio húmedo, y si el trabajo se interrumpe varios días, es preferible dejar secar el material de nuevo y repetir el ciclo antes que arriesgarse a que se enmohezca.

Un exceso de remojo se paga igual que un defecto: la vareta demasiado empapada se aplasta bajo el pulgar, pierde tensión y, al secarse la cesta, el tejido queda flojo y con huecos.

03

Mimbre pelado y mimbre en verde

La misma vareta da dos materiales distintos según se le quite o no la corteza. El mimbre pelado, o blanco, es el que se descorteza tras una temporada de brote: la piel sale entera y deja una superficie clara, lisa y algo brillante que con el tiempo vira a un tono miel. Es el material de las piezas finas, de las que se miran de cerca, y también el que perdona menos, porque cualquier irregularidad del tejido queda a la vista.

El mimbre en verde, sin descortezar, conserva su piel y su color propio, que va del pardo al rojizo o al verdoso según la variedad. Es más resistente a la intemperie, más rústico en apariencia y algo más rígido al trabajarlo, con una superficie que agarra bien y disimula los pequeños desajustes. Para cestos de carga, de recogida o de uso exterior es la elección lógica.

El descortezado

Pelar a mano se hace pasando la vareta por una horquilla metálica que aprieta la corteza y la separa al tirar. La operación es sencilla cuando la piel se desprende sola, es decir, cuando la savia está en movimiento; fuera de ese momento se recurre a mantener el mimbre en agua para que rebrote y la corteza afloje, un procedimiento largo que ocupa espacio y exige vigilancia. Conviene recordar que la vareta recién pelada se mancha con facilidad: se seca a la sombra, con aire, sin apoyarla sobre superficies sucias ni amontonarla húmeda.

04

El fondo y su crucera

El fondo determina la cesta entera. Si sale torcido o blando, ninguna corrección posterior lo arregla: los montantes saldrán desiguales, las paredes se inclinarán y el borde acabará ondulado. Por eso se trabaja despacio, con material grueso y bien remojado, y se comprueba la forma varias veces antes de seguir.

El fondo redondo parte de una crucera: dos grupos de varetas cortas y firmes que se cruzan en ángulo recto. Se hiende el centro de un grupo con la punta de la navaja y se introduce el otro por la abertura, de modo que quede un aspa apretada y estable. Sobre ese aspa se atan dos varetas finas que dan dos vueltas alrededor de cada brazo, primero rodeando los grupos completos y después, cuando ya hay diámetro suficiente, separando los palos uno a uno hasta repartirlos como los radios de una rueda.

El abombado

Durante ese reparto se decide la curvatura. Un fondo perfectamente plano se vuelve cóncavo al secarse y la cesta cojea; para evitarlo se presiona el centro desde arriba mientras se teje, de manera que el fondo quede ligeramente abombado hacia fuera. Al secar, la tensión de la fibra tiende a aplanarlo y la pieza queda apoyada por el borde exterior, que es donde debe apoyarse.

  • Palos de crucera de grosor parejo y sin médula esponjosa.
  • Hendidura centrada y justa, ni corta ni pasada.
  • Aspa apretada antes de empezar a tejer.
  • Primeras vueltas muy tensas, sin holgura en el centro.
  • Reparto de radios en abanico regular, comprobado a ojo y con la mano.
  • Empalmes de las varetas de tejido siempre en el interior.
  • Presión constante hacia abajo para lograr el abombado.
  • Diámetro medido en dos direcciones perpendiculares.
  • Borde del fondo cerrado con las puntas recortadas al ras.
  • Fondo apoyado en plano antes de continuar: no debe balancearse.

05

Montantes, levantada y empalmes

Terminado el fondo, se insertan los montantes: las varetas verticales que forman el esqueleto de la pared. Se afila su base en bisel largo y se introduce a cada lado de los palos del fondo, empujando con el punzón para abrir hueco sin desgarrar el tejido. Cuanto más profundo entre el montante, más firme quedará la pared.

La levantada es el momento de doblarlos hacia arriba. Se pincha ligeramente cada montante en la base con la punta de la navaja para facilitar el pliegue y se levanta con un giro corto, sin forzar. Un doblado brusco quiebra la fibra por dentro aunque por fuera no se note, y ese punto acaba siendo el que cede cuando la cesta se carga. Tres vueltas de cordón inmediatamente después fijan la posición y marcan el ángulo definitivo de las paredes.

Cómo se empalma

Ninguna vareta llega hasta el final de la cesta, de modo que el trabajo consiste también en saber unir. El empalme correcto sustituye una punta agotada por la base de otra vareta en el mismo hueco del tejido, dejando ambos extremos hacia el interior y con dos o tres centímetros de solape. Punta con punta y base con base: mezclar los sentidos produce escalones visibles y un tejido de grosor irregular. Los empalmes se reparten por toda la vuelta, nunca alineados en la misma vertical, porque una columna de uniones debilita la pared y salta a la vista incluso desde lejos.

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Detalle del tejido de una cesta de mimbre en curso, con las varetas sujetas entre los montantes
Vuelta de tejido en curso sobre los montantes verticales.

Los tejidos: sencillo, a capas y cordón

Con tres tejidos básicos se resuelve casi cualquier cesta. El sencillo trabaja con una sola vareta que pasa alternativamente por delante y por detrás de cada montante; para que el dibujo avance, el número de montantes debe ser impar, o bien se recurre a dos varetas trabajando en paralelo cuando es par. Es rápido, flexible y adecuado para paredes de curva pronunciada.

El tejido a capas emplea tantas varetas como montantes, todas iniciadas a la vez y avanzadas una tras otra en el mismo orden. El resultado es una banda de líneas diagonales muy regulares, con un grosor uniforme que da a la pared un acabado sereno. Exige constancia en la presión, porque cualquier vuelta más floja se lee inmediatamente en el conjunto.

El cordón, o soga, trenza dos o más varetas entre sí a la vez que pasan por los montantes. No es un tejido de relleno sino de estructura: bloquea la posición de los montantes, corrige el diámetro y refuerza las zonas críticas. Se usa al arrancar la pared, al cerrar bajo el borde y cada vez que hace falta apretar el conjunto o cambiar de ritmo.

Dónde se decide el resultado

La diferencia entre una pared limpia y una descuidada rara vez está en el tejido elegido, sino en la regularidad de la presión y en la disciplina del apretado. Cada dos o tres vueltas se golpea el tejido hacia abajo con el hierro plano, siempre entre dos montantes y con toques cortos, para cerrar los huecos antes de que el secado los agrande.

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Cierre del borde y asa

El borde es la parte que más se toca y la que primero se estropea si está mal resuelta. Se forma doblando los propios montantes hacia un lado y entrelazándolos entre sí, de manera que cada uno pase por detrás de un número fijo de vecinos antes de salir hacia el interior. Cuantos más montantes cruce, más ancho y macizo será el remate; los cierres sobre tres o cuatro montantes son los habituales en cestas de uso.

Antes de doblar, cada montante se pincha en la base del pliegue, igual que en la levantada, para que la fibra ceda sin abrirse. La tensión debe ser la misma en toda la vuelta: un tramo apretado y otro flojo dejan un borde con altibajos que ninguna presión posterior corrige. Las puntas sobrantes se recortan por dentro, en bisel y apoyando el filo sobre una vareta, para que no queden extremos que arañen la mano.

El asa

El asa de arco se monta sobre una vareta gruesa afilada en punta larga, que se introduce a ambos lados de la cesta junto a un montante, bien hundida en el tejido de la pared. Después se forra enrollando varetas finas alrededor del arco, en grupos que se cruzan al llegar al otro extremo y se rematan sujetándose bajo el borde. El forro cumple dos funciones: agarra mejor y protege el arco, que es la pieza que más esfuerzo soporta.

  • Montantes remojados de nuevo si el trabajo se ha interrumpido.
  • Pinchado previo en cada base de pliegue.
  • Altura del borde comprobada en varios puntos antes de cerrar.
  • Mismo recorrido para todos los montantes, sin excepciones.
  • Cierre de la vuelta pasando bajo los primeros dobleces.
  • Puntas recortadas hacia dentro, nunca hacia fuera.
  • Arco del asa introducido hasta el fondo de la pared.
  • Forro apretado y con las vueltas juntas, sin dejar el arco a la vista.
  • Extremos del forro bloqueados bajo el borde, no simplemente cortados.
  • Repaso final con la mano por todo el perímetro buscando astillas.

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Cinta, anea y otros materiales

El mimbre redondo no es la única materia del taller. La cinta se obtiene hendiendo la vareta en tiras y afinándolas hasta dejar una lámina plana y flexible; con ella se tejen superficies lisas, se forran asas y se rematan bordes con un acabado más cerrado que el del mimbre entero. Trabajar la cinta exige un remojo mucho más corto, porque la lámina absorbe agua enseguida y se vuelve blanda e inservible.

La anea, la hoja de la espadaña que crece en riberas y humedales, se recolecta en verano, se seca a la sombra y se humedece ligeramente antes de trenzarla o de retorcerla en cuerdas. Es un material ligero, cálido al tacto y muy asociado a los asientos y a los cestos de tejido blando. Junto a ella conviven en la cestería peninsular el esparto de las zonas secas, la caña, la vara de avellano o de castaño hendida y la paja de centeno cosida en espiral: cada una impone su ritmo, su grosor y su forma de secar.

Combinaciones sensatas

Mezclar materiales en una misma pieza es posible, pero pide criterio. Lo prudente es que el elemento estructural —fondo, montantes, borde— pertenezca a un solo material y que el segundo aparezca en bandas o detalles. Fibras con comportamientos de secado muy distintos, colocadas una junto a otra bajo tensión, terminan por soltarse: una encoge más que la otra y el tejido se afloja justo en la unión.

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Secado y cuidado de la cesta acabada

Una cesta recién terminada está húmeda y todavía se mueve. El secado debe ser lento y a la sombra, en un lugar aireado y sin corrientes fuertes, apoyada de manera que no deforme su propia base. El sol directo reseca la superficie antes que el interior y provoca grietas; una fuente de calor cercana hace lo mismo de forma más rápida. Durante los primeros días la pieza pierde algo de volumen y el tejido se aprieta solo: por eso el apretado durante el trabajo tiene que ser generoso.

Ya en uso, el enemigo principal no es el desgaste sino la combinación de humedad y falta de aire. Una cesta guardada mojada en un armario cerrado desarrolla moho en pocos días y ese moho mancha la fibra de forma permanente. Basta con dejarla secar al aire antes de guardarla y sacudirla de vez en cuando para retirar el polvo acumulado en el tejido.

Mantenimiento razonable

Si la fibra se ve muy seca y empieza a levantarse, un rociado ligero con agua y un secado posterior a la sombra devuelven algo de flexibilidad. Las manchas superficiales se limpian con un cepillo de cerdas suaves y agua, nunca con detergentes agresivos ni con inmersión prolongada. Las astillas que aparecen con el uso se recortan a ras con una navaja afilada, en el sentido de la fibra, antes de que se enganchen y arranquen una vareta entera.

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Herramientas y puesto de trabajo

La cestería necesita pocas herramientas, pero todas bien elegidas y en buen estado. Una navaja de hoja corta y muy afilada resuelve casi todos los cortes; unas tijeras de podar recortan puntas gruesas; el punzón abre camino en el tejido apretado; el hierro plano y pesado aprieta las vueltas hacia abajo. A eso se añaden una piedra de afilar, una cinta métrica y un pulverizador para mantener el material en su punto.

El puesto de trabajo suele ser bajo. Muchos cesteros trabajan sentados casi a ras de suelo, con la pieza sujeta entre las rodillas o apoyada sobre una tabla, porque desde ahí se controla mejor la tensión y se ve el conjunto sin inclinarse. Si se trabaja en mesa, conviene que sea firme y que permita girar la cesta con libertad. Alrededor hace falta espacio: los varetos largos ocupan mucho más de lo que parece y tropezar con ellos deforma lo que se está tejiendo.

  • Navaja de hoja corta, afilada antes de cada sesión.
  • Tijeras de podar limpias y con buen cierre.
  • Punzón de punta cónica, sin rebabas.
  • Hierro plano de peso suficiente para apretar sin golpear fuerte.
  • Piedra de afilar al alcance de la mano.
  • Cinta métrica y una plantilla de diámetro si se repiten formas.
  • Pulverizador con agua para refrescar el material.
  • Recipiente o pila de remojo con espacio para las longitudes largas.
  • Tela o manta para el oreo del mimbre escurrido.
  • Suelo despejado y contenedor para los recortes, que se acumulan rápido.

Un banco ordenado ahorra más tiempo que cualquier herramienta añadida: la mayor parte de los errores de tejido aparecen cuando se busca una vareta concreta en un montón sin clasificar.


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